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jueves, 30 de agosto de 2012

DEL 23300 AL #NOERESDEVILLACARRILLO POR OSCAR SUÁREZ


Desde Valencia nos llega esta “misiva” en forma de artículo. Se trata de una reconstrucción casi exhaustiva de una parte de la historia de nuestro pueblo a través de las vivencias de un hijo, nieto y sobrino de villacarrillenses. Oscar Suárez es uno de esos vecinos que a pesar de vivir en otra tierra sienten la suya como el que más. Por eso verle, en fechas señaladas, es muy habitual  aunque asegura que sus estancias en nuestro (su) pueblo son cada vez más cortas. Un gran amigo de sus amigos y deportista nato: desarrolló su carrera como portero en equipos de Catalunya, Madrid y Valencia, llegando a jugar en 3ª división. Trayectoria truncada por una lesión. Se decidió entonces por hacer carrera como entrenador, lo que le ha llevado a conseguir la titulación de Entrenador Nacional (Nivel 3). Tras su paso por el fútbol base de distintas escuelas de la Comunidad Valenciana, tales como Villajoyosa CF, Escuelas San José, Valencia CF (fútbol 7) y Mislata UF, entrenó al primer equipo femenino del Valencia CF durante dos temporadas. Actualmente es 2º entrenador de Huracán Valencia CF, equipo de fútbol militante en el grupo III de la 2ª división B española.

Aquí le descubrimos como contador de historias. En esta caso la suya propia y en la que muchos de nosotros nos vemos reflejados. Un paso trascendental del código postal a Twiter o lo que es lo mismo; evolución de una sociedad que se comunica.
 
PASEN Y LEAN

Tengo 37 años y memoria caprichosa. Hace unos días, la tecnología ha conseguido generar una de las cosas que más se le critica por lo impersonal que en ocasiones la rodea. Hablaré de Twitter y de Villacarrillo. En mi TL (cronología) de twitter descubrí un Hashtag (tema) que abrió no una ventana sino cientos de ellas a mi relación con ‘el pueblo"

‘El pueblo’, así es como llamamos a Villacarrillo aquellos, quienes como yo, nacimos fuera de él pero nos sentimos tan de allí como el que más. Cada verano de mi vida, casi todas las semanas santas y alguna navidad he cruzado media España para disfrutar de mi familia y amigos. Mi conocimiento de Villacarrillo durante mi infancia / pre-adolescencia puede resumirse en las casas blancas del barrio y la carretera de Mogón como barrera natural hacia lo desconocido. Sólo se cruzaba en compañía de los padres cuando ellos te llevaban ‘al paseo’.
En aquellos años uno se despertaba al toque de claxon de los panaderos (os disculpo ahora en mi madurez, pero os he ‘rezado’ en más de dos ocasiones…). Había un despertar más suave, en verano, al soniquete del chapoteo de alguna vecina regando la calle con un cubo y su mano a modo de aspersor aquellas calles aún de arena. Uno se despertaba, se calzaba las zapatillas Tórtola y se echaba a la calle.
LA FAMOSA ZAPATILLA
Las distancias en el barrio no eran grandes, pero casi siempre nos ayudábamos de una bicicleta. Seguramente influenciados por la pandilla de Verano Azul pasábamos las mañanas de una calle a otra. Los límites, muy claros cuando salías de casa. La carretera de Mogón infranqueable, y las viviendas denominadas Las Malvinas por el otro definían los lados del triángulo. La base, el mar de olivos.
Las bicicletas tipo BH bicicross u Orbea Furia predominaban, pero el modelo de G.A.C de José Tello era la envidia del grupo por su comodísimo sillón.   
  
 
Cuando no eran las bicis, eran los balones de fútbol. ¿Cuántos balones nos habrán requisado ‘Los municipales’?… Mejor no recordarlo. El otro pasatiempo era ‘jugar a los encierros’. Los chicos del barrio tenían alguna cornamenta (no quise preguntar entonces ni quiero saber ahora cómo se hicieron con ella) de algún morlaco que superaría en vida los 600 kgs. con lo que aquel juego de pillar se convertía en una descarga de adrenalina que ni la final de los 100 mts. lisos de Usain Bolt.  Y con la velocidad de estas carreras se esfumó la infancia y vino la adolescencia. A mí me lo marcó, como dije antes, cruzar la carretera de Mogón. Anteriormente sólo la crucé en compañía de mis padres, quitado de alguna escapada furtiva al antiguo aserradero, al que llamaban  ‘La Aserradora’ del que era guarda Diego ‘Manazas’ (DEP) a coger algún palo para jugar a los espadachines o fisgonear en las cabinas de los camiones y descubrir ‘revistas marranas’…
O para asistir a las partidas de bolos serranos que organizaban a la salida del pueblo en dirección Mogón…
Si lo que Villacarrillo me ofrecía hasta entonces me tenía fascinado, (no en vano pasaba prácticamente todo el verano al cuidado de mi abuela Isabel, pobrecita mía se me va apagando poco a poco y no puedo ser yo ahora quien cuide de ella), se abría ahora una nueva dimensión. El paseo, el parque y ‘La Escuela Hogar’. Un paseo al que yo recordaré siempre con esas líneas rojas verticales tan características, a modo de carriles de ida y vuelta…
El Paseo realmente lo caminábamos por sus zonas laterales. Eran tiempo de banco o barbacana y paseos al kiosko a comprar pipas… o a ‘hacer un barato’. ‘Hacer un barato’ consistía en coger golosinas por valor de 35 pesetas y decir… ‘señora aquí llevo 5 duros’, enseñarle la mano un microsegundo y soltarle la moneda. Estoy absolutamente convencido que ‘la señora’ (perdón por no recordar su nombre) y ‘El Tete’ sabían de estos pequeños hurtos, pero lo incorporaban a su cuenta de explotación del negocio. Si estás leyendo esto ahora, mil perdones. Cuando el calor apretaba y la barbacana del paseo no ofrecía sombra, nos refugíabamos en el parque y raro era el día que alguno no se daba un baño en la ‘fuente Taza’. Acabaron por vaciarla de agua y le quitaron todo el ‘glamour’. Hasta bautizos de cachorros de perros hubo en la mítica fuente.
La tarde era el momento de ‘La Escuela Hogar’. En aquellos tiempos se jugaba la liga de baloncesto de verano, con un seguimiento espectacular. Recuerdo incluso un año donde hubo hasta una liga ‘infantil’ dada la cantidad de equipos y diferencia de edades en los mismos. Y como somos competitivos, tenemos que entrenar… Entrenar era la excusa para salir de casa a las 4 de la tarde, a la hora de la siesta. Por lo menos esa era mi excusa, cada uno gastaría la suya, que las excusas son como el culo, que todos tenemos una…
 
El caso es que en ‘La Escuela Hogar’ (hoy Centro de Día para la 3ª edad sito en la Carretera de Mogón) nos juntábamos los amigos y amigas. Todos en plena edad del pavo, los chicos nos dedicábamos a ‘ensayar mates’. Las canastas eran de mini-basket y eran mucho más bajas de lo normal, lo que permitía a los chicos más altos realizar mates al más puro estilo NBA… En mi caso y en el de algún otro, teníamos que inclinar la canasta para vencer a la gravedad (hoy soy consciente de la barbaridad y el riesgo de esa ‘trampa’). Alrededor del deporte del baloncesto se concentraron mis primeros recuerdos adolescentes en el pueblo. Recuerdo también como los Luis Molina, Javi Gamo, Jordi Ruiz y cía. ganaban a un equipo cadete del Spartak de Praga con una pista del instituto llena a rebosar.                              
Aquel mítico partido...
Y un día con otro pasábamos los veranos. Con visitas semanales a la piscina, con sus dos trampolines. El pequeño abierto y el grande clausurado con una cadena, imagino que por no cumplir con alguna normativa… En alguna ocasión, a la hora de cierre y con la supervisión del socorrista, lo abrían para que los más atrevidos (o los no tanto) liberaran adrenalina lanzándose desde el mismo (más por hacer algo prohibido que por la altura del propio trampolín). No fue mi caso, cobarde con las alturas. Un clásico en los días de piscina era pasar dentro del bar a seguir las etapas donde Induráin nos regalaba victorias. Entonces no ganábamos en fútbol, pero éramos los mejores dándole a los pedales…
Rompían esta agradable rutina el día que salías con algo más de dinero en el bolsillo y te podías ir a los recreativos. Esa suerte de negocio que las generaciones actuales no conocen, pero que en mi época tuvo Villacarrillo hasta dos funcionando a buen ritmo… Los ‘recres’ de arriba y ‘los de abajo’. Los ‘de arriba’ en la calle San Rafael, creo que ahora son una droguería y los ‘de abajo’, frente a la Safa conservan su ubicación pero los recuerdo cerrados hace ya varios años. La máquina del millón, el Out Run y el Toyota Carlos Sainz mandaban en la chavalería. Circulaba una leyenda urbana que decía que con la piedra de un mechero, ‘chiscandole’ en la entrada de monedas te daba partidas gratis… Nunca lo pude comprobar, tampoco lo intenté (ya tenía suficiente remordimiento con los hurtos al kiosko).
El día lo hacíamos largo. Parábamos poco en casa. Cuando llegábamos ‘Los Jordis’ (con ese apelativo nos llamaban a los que veníamos de Catalunya) o cualquier otro joven al pueblo, lo primero que hacíamos era levantar el teléfono, llamar a alguno de nuestros amigos y preguntar… ¿A qué hora se sale? Nada de móvil, por tanto nada de whatsapp y esto otro… ¿cómo se llamaba?... ¡Ah, sí! SMS. Nada. Preguntabas la hora y quedabas ‘en la punta del paseo’. Y por allí íbamos acudiendo. Los que tenemos una edad comenzamos en el Ikusi Makusi, pero el Ikusi ‘viejo’. El Ikusi ‘nuevo’ sustituyó a ‘La Zona Azul’ que a su vez ocupó la plaza que dejó el mítico disco-pub Brothers… Frente al Ikusi (el nuevo), en verano ‘Er Garito’ hizo escuela de cómo explotar un patio interior y hacerlo negocio. Los inviernos, justo al lado ‘El Búfalo’. Imborrables momentos vividos dentro, junto a la lumbre, pero para mí es más inolvidable el momento previo a llegar a ‘El Búfalo’, ya que había que cruzar el Bar Rafa (típico bar villacarrillense poblado por matrimonios mayores y hombres de avanzada edad) y las caras que ponían algunOs cuando veían pasar a algunAs…
Nuestra época en La Zona Azul es la de auténtico motor diesel. Aguantar mucho y consumir poco. Paciencia infinita la del dueño, comprobando que ocupábamos casi un tercio del local y no le dejaríamos casi nada en caja…
Antes de existir la Zona Azul, acudíamos al Pub Copas, frente al Autoservicio Torrente. En el Pub Copas tenían taquilla, pero no te cobraban entrada si te veían pinta de consumir. Yo era de los mayores, pero aparentaba menos edad, así que me tocaba esperar a que retirasen la taquilla para poder entrar. Como venganza no recuerdo haber tomado ni un refresco allí. Ea.
Los que tenían más aguante (o más dinero, o ambas cosas según se mire) remataban la noche en la Discoteca Zeppelin. Creo que la habrán renombrado varias veces, pero para nosotros será Zeppelin, así como el Joventut de Badalona será ‘La Penya’ y el Pop 84 Splitz será la ‘Jugoplastika’.
Y de repente apareció el término discoteca de verano. Y con él La Pérgola. No fueron muchos los veranos que funcionó como discoteca, pero los recuerdo con mucho cariño. Hamburguesería tenía dentro y todo. Años después siguió funcionando como bar terraza de tapeo y separaron la discoteca renombrándola como Caché, pero entre que pasaba menos tiempo en verano y que me hacía mayor, no tengo demasiadas imágenes en la retina. ¡Qué se le va a hacer!
Y por último, no puedo dejar de nombrar un clásico… ‘hacer deo’ para ir a bañarte a Mogón al río. 4 o 5 jóvenes, apostados en el cruce de la carretera de Mogón, esa que fue mi frontera durante tantos años. Pensar que puedes hacer algo en el pueblo, de forma tan pública como esa y que no se enteren tus padres es de ser ilusos (Villacarrillo es como twitter, pero sin necesidad de hashtag. Cualquier cosa podía convertirse en trending topic apenas transcurridas unas horas). Pero nunca me dijeron nada, igual que Tete el del kiosko.
Y así como comencé termino, con la tecnología como ayuda para recordar una época en la que para escribir algo que llegase a Villacarrillo debías escribir antes el 23.300, código postal de Villacarrillo. Hoy, las personas utilizamos el #noeresdevillacarrillo y los bancos siguen utilizando el 23.300.

OSCAR SUÁREZ




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