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martes, 7 de agosto de 2012

LA HISTORIA DE NUESTRO TEATRO COLISEO POR PACO CORONADO.

Reconozco que tenía ganas de publicar este artículo de nuestro amigo Paco Coronado que a su vez ya fue publicado en el libro de la Feria y Fiestas de Villacarrillo de hace unos años. Una manera impagable de conocer la historia de uno de los teatros más importantes de nuestra provincia. Para los nostálgicos...

IMPAGABLES CARTELES DE AQUELLA ÉPOCA



VILLACARRILLO COSTUMBRISTA: EL CINE COLISEO ESPAÑA

La débil claridad de las farolas, a ambos lados de la puerta principal, apenas ilumina el letrero rotulado sobre la fachada: “Cine Coliseo España”. No alcanza la ambigüedad de su luz a levantar la penumbra de la calle y llena de oscuridad la inmediata plazoleta de la Era de la Rubia, dejando difuminado y solitario este antiguo ejido.
Con precipitación, los porteros abren las cuatro puertas del local. Se derrama sobre el empedrado la pálida luz del vestíbulo. Desaparece el reflejo al abandonar la sala el ingente número de espectadores que ha acudido a la proyección de la última función. El frío de la noche invernal y el azote del cierzo les obliga a salir arrebujados en gruesa ropa de abrigo y tapabocas. Con ávida rapidez, orientan sus pasos arriba y abajo de la calle, para perderse por el Toledillo o por Méndez Núñez. Vuelve el silencio. El entorno recupera su soledad original.  Se agota la luz de las farolas, las puertas se hermetizan y el edificio se mimetiza en el entorno de sombras y silencio. Mañana otras funciones volverán a llenar el Cine Coliseo, traerán más gente, más personas para las que este espectáculo constituye su único divertimento, la única expansión.
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         La musiquilla estridente que lanza el altavoz instalado sobre la puerta principal, anuncia la inmediata proyección; su silencio revela el comienzo de la función; se aviva el paso de los tardíos que se impacientan frente a la taquilla. Ignacio Jiménez Pulido, el taquillero, humedece el dedo gordo de su mano derecha, inclina la cabeza sobre los rosados tacos de entradas extendidos ante él, y mira al parroquiano por encima de las gafas que se escullen por su nariz: “¿Cuántas?”. Y va cortando las localidades de uno u otro taco: de una en una, por pares o de tres en tres. “Dos de la fila doce, de pasillo” “Tres de la fila dieciséis”...


Las dos taquillas se asoman a la calle, en una se expende las entradas de butaca y en la otra las de general o gallinero. Agustín de la Paz Parra, administrativo de la empresa, entra y sale en auxilio del taquillero ante la repentina afluencia de público. Se escucha el reiterado “pom pom...  pom pom ...  pom pom ..., que produce la estampilla fechadora al mojar la tinta en el tampón Pelikán y al calendar, con su huella, el taco de las localidades. Otras noches José de la Torre, el hijo de Juana “la Pajareta”, el que vive en la calle de Antón Pérez, ayuda en esta labor y también a los porteros y acomodadores.


Al levantar la pesada cortina que cubre cualquiera de las puertas por las que se accede a la sala, una primera sensación invade el sentido del olfato: el aroma que va dejando tras de si un hombre de pelo blanco atusado: Rafael Ruiz García, al que conocemos los chavales como “Tirolique”; en su recorrido por los pasillos y filas de la sala, esparciendo un alimonado ambientador que fluye atomizado, al accionar el gatillo del dispositivo pulverizador añadido a la botella de plástico que contiene el líquido aromático.


La magnitud de la sala abruma. A la izquierda, la gigantesca pantalla de proyección permanece oculta tras un majestuoso cortinaje de terciopelo granate: se abre bamboleante al chirrido lastimero de las carruchas que lo pliegan, preámbulo iniciativo a la proyección. De este terciopelo granate se tapiza el medio millar de butacas, procedentes del siniestrado Cine Quevedo, que componen el aforo. Para evitar que la resonancia mate el sonido, las paredes están cubiertas por unos grandes paneles de moqueta. Un zócalo oscuro contornea el recinto y desaparece de cuando en cuando tras los radiadores. Del entorno calorífico se aprovecha un habitual grupo de espectadores de espaldas a los candentes hierros; cuando comienza la proyección, se sitúan en las butacas aledañas, a las que llega fácilmente la agradable calafección.


Cinco enormes bombos de cristal blanco dan al recinto su luz primordial y unos apliques laterales mantienen la perceptibilidad hasta el comienzo de la película. Francisco Cruz Merino “Lucero”, recoge las entradas a un grupo de muchachas; de una ojeada memoriza fila y número y tras un breve recorrido sitúa a las jóvenes, sin dudarlo, en el lugar exacto entre las quince filas que conforman la platea o patio de butacas. Al iniciarse la función, en la penumbra, la luz de una linterna le alumbra como un oscilante brazo indicador. Ahora se pierde Lucero tras el cortinaje para salir al vestíbulo y por la puerta contigua acompaña a otros espectadores a las localidades encasilladas tras un breve murete de las filas diecisiete a dieciocho; esta fila queda junto a otro pequeño muro que la sobrepasa y que divide otro nivel de butacas: las comienzan en la fila diecinueve.


En la parte opuesta a la entrada está el acceso a los aseos: los de señoras próximos al escenario y los de caballeros junto a la última fila de platea y a la derecha de la diecinueve. Tras la última fila de butacas, en otro nivel por encima, comienzan las localidades de gallinero; las paredes aquí son estucadas, con formas onduladas y pintadas de color verde. Las gradas de madera ascienden hasta terminar en el fondo del recinto; en su parte superior, perfectamente centradas se abren unas pequeñas aberturas cuadrangulares por las que surge la magia de las imágenes.


A las localidades de general se entra desde ambos lados de la sala: por las escaleras que suben desde la puerta de acceso a butacas, traspasando una pesada puerta que al cerrarse golpea fuerte contra el marco y por su entrada habitual desde la calle, a través de un vestíbulo amplio, salpicado de varios pilares; a la derecha quedan unos malolientes urinarios; a la izquierda y después de recorrer un breve y húmedo pasillo de paredes desconchadas, unas pinas y lóbregas escaleras llegan hasta el descansillo por el que se accede a las gradas del gallinero. En el vestíbulo referido, funciona en algunas ocasiones un bar que se alumbra con la luz macilenta de varios bombos.


El control de la entrada de la chiquillería a las localidades de general está a cargo de Antonio de la Torre Grima, el portero; hasta hace poco era  el portero un hombre de menuda estatura, de gruesas gafas de cristal, apodado “Canana” y al que ahora por la edad, sustituye Grima. Antonio Álvarez es el portero de la entrada a las localidades de butaca. Con sumo esmero corta el extremo de las entradas, cuidando que quede bien visible la fila y la butaca a la que corresponde; los papelillos restantes se escurren hasta perderse por la abertura de un menudo mueble de madera barnizada que, a modo de papelera, hay junto a él.
        


Antes de iniciarse la función iluminan la pantalla unos coloridos anuncios estáticos, testimonio publicitario de varios negocios y comercios del pueblo. “Fausto Montoro Martínez Gestiones Administrativas”  “Luis Mengíbar Tara Fabrica de Gaseosas y Helados Variados” “Bar Quevedo” “Cruz Celdrán Sánchez Alpargatería” “Tejidos “La Verdad” “Los Madrileños Perfumería” ..., así se va prolongando la exhibición hasta provocar la impaciencia del público.
        


Tres timbrazos y se inicia la función; caen las cortinas de las puertas de acceso y se extingue la apocada luz de los apliques. El taconeo presuroso, sobre el irregular entarimando del suelo, molesta a la concurrencia que pide silencio y al hacerse, un centenar de crujidos tenues, cada vez más persistentes, se alza en la sala conforme avanza la proyección. Provienen del multitudinario consumo de pipas y de cacahuetes de cáscara coriácea, las arvellanas, (sic), que dan lugar a un onomatopéyico cric cric, contrapunto indiferente, perfectamente asumido por la concurrencia. De este excesivo consumo hace prueba el recio manto que cubre el suelo de la sala. El crujido que produce el aplastamiento de este residuo, deja al descubierto al espectador que, por imperiosa necesidad, abandona su localidad durante la proyección.
        



En las ocasiones en las que la compañía eléctrica se lleva la luz y también cuando se detiene congelado el fotograma de la película que se proyecta, y fenece achicharrado después de formar múltiples burbujas gelatinosas, queda la sala sumida en una profunda oscuridad; de forma inmediata surge una batahola que arranca en gallinero y de la que se hace eco el resto de la concurrencia: voces, chiflidos, pataleo, ..., para terminar con el canto de “La pelona está pelá...”. Baja la intensidad de la algazara cuando surge la luz de un menudo fanal de butano que coloca Rafael Ruiz en el murete de la fila dieciséis; faro de referencia ante cualquier eventualidad. Hay ocasiones en las que el guirigay persiste y va a más, es entonces cuando interviene la autoridad ostentada por dos empleados municipales. Uno de ellos se encarga de la vigilancia en la zona de butacas y el otro en la de general. Generalmente el guardia municipal que cumple este menester en las localidades de gallinero es Brígido Martínez Pérez, “Brígido”. De pie junto a la puerta, con los pulgares de ambas manos entre el cinturón y la guerrera del uniforme, está pendiente de llamar la atención a aquel que irrumpa perturbando el silencio, si bien cuando la algazara y pataleo suben de tono se vuelve impotente hacia la alborotada concurrencia y sentencia: “Nenes, callaros, que nos van a echar a tos”.
        


Rafael Ruiz García “Tirolique”, además de esparcir el alimonado perfume, también se encarga de colocar las carteleras. En una se escribe, con una brocha menuda y en blancas letras grandes y gruesas, el título de la película y en caracteres más pequeños la hora y el precio de la función; otra exhibe el afiche de la película. Se colocn en lugares ya prefijados: en una fachada de la calle Méndez Núñez, en las inmediaciones de la panadería Nueva; en la esquina del Paseo del Santo Cristo, en la fachada del bar de José, el de la Rosario; en la calle del Generalísimo, donde cruza esta vía con la de Vandelvira, se exhiben además fotos acartonadas de las secuencias más significativas de la película y también en la fachada del que fuera Cine Quevedo, en la calle Primera Bandera de Córdoba. En un carrillo de mano tumba las carteleras y va sustituyendo las que han anunciado películas ya exhibidas por las novedosas. Al terminar la operación Rafael empuja el carro y se aleja hasta que su menuda figura delgada, cargada de espalda, se pierde calle abajo.
        

La cabina de proyección se encuentra en la parte más alta del edificio. Tiene su acceso por la puerta de entrada a las localidades de general. A mano derecha arranca un tramo de escaleras que llevan a la parte superior. En el rellano, arriba, hay una puerta estrecha, pintada de negro: tras ella se encuentra la cabina. De espaldas a la entrada, sentado ante una alargada mesa, aplicado en las operaciones de rebobinado se atarea Luis Serrano Romero, el operador del cine; él se encarga del manejo de las máquinas de proyección y del equipo sonoro. Una débil penumbra débil reina en esta parte del cuarto. La claridad de un foco suspendido de un brazo flexible, esclarece el trabajo del operador. La oscura visera sobre la frente le protege de la intensa claridad; unos manguitos negros preservan las mangas de su camisa. Unas escaleras de madera rematan en la estancia en la que se encuentra la cabina de proyección: las máquinas, las enormes y poderosas Ossa. El extremado calor y el olor caliente, dulzón, de la maquinaria en funcionamiento adormece, entibia. Un pequeño altavoz, colgado de la pared, reproduce el mismo sonido que se escucha en la sala. A la izquierda de cada máquina hay una pequeña tronera cubierta por un cristal transparente y tapada por una puertecita del mismo tamaño; al deslizarla se contempla la pantalla y la mayor parte de la sala. Luis avisa del inicio de la proyección al pulsar un timbre; en la siguiente pulsación apaga la mayoría de las luces de la sala y proyecta sobre la pantalla anuncios estáticos, guardados en una caja alargada de madera que está dividida en ranuras, y permanece adosada a la pared, junto a las máquinas; al tercer timbrazo extingue la música del altavoz exterior, indicando con ello el inicio de la proyección.


A mediados de los años sesenta, siendo yo un menudo chaval de ocho o nueve años, Luis Serrano, el operador del cine, que vivía al lado de mi casa, me dijo que en adelante le llevaría la cena. Así es que todos los días, a la misma hora, acudía al cine y subía hasta la cabina. Me franqueaba la entrada un cesto mimbreado con la cena de este hombre: la última proyección se prolongaba hasta tarde y en ningún momento podía abandonar el cuidado de las máquinas. Una tortilla francesa, un trozo de pan, fruta y un cazo con café con leche componían, habitualmente, el refrigerio.


En aquella primea ocasión Luis me invitó a subir a la cabina para ver desde las troneras la proyección de la película, invitación que más tarde no fue necesaria, yo subía por mi cuenta. Únicamente debía de estar alerta y quedar al acecho de la presencia en la cabina de Vicente Sáenz, uno de los socios propietarios del negocio, que en varias ocasiones me sorprendía in fraganti y me obliga a abandonar la cabina impidiendo que disfrutara de la función; por ello, cuando veía subir a Santiago, me ocultaba al fondo de la cabina, en la penumbra, y permanecía desapercibido hasta que se marchaba.  En otras ocasiones aguardaba, acurrucado tras la barbacana de la Era de La Rubia, con el cesto de la cena al lado, a que Vicente abandonara la puerta de entrada a general y se perdiera en el interior; como un rayo cruzaba la calle y como una exhalación subía las escaleras; de esta manera sorteaba la expresiva señal que con el dedo me hacía Vicente, al sorprenderme, indicando la dirección de la calle una vez cumpliera mi cometido.
        

En cada una de las puertas de acceso al templo parroquial de La Asunción, se coloca un pequeño tablón de madera oscura con la anotación “CENSURA”. Una ficha alargada recoge la calificación moral de las películas que se van a exhibir en el Cine Coliseo durante la semana. Cada título lleva al lado una numeración: 1, 2, 3, 3R, 4. Si la película está catalogada con un ‘1’ es apta para todos; si es un ‘2’, pueden ir a verla los jóvenes; con un ‘3’, sólo mayores; con ‘3R’, mayores con reparos y si la puntuación es de un ‘4”, es considerada’ «gravemente peligrosa». También se aprovecha la puerta del templo para repartir a la salida de misa dominical de doce, unos pequeños programas de mano o prospectos, ilustrados preciosamente con el cartel de la película que se exhibe. Se trata de unas hojas de dimensiones reducidas, algo más de trece por ocho, que anuncian en el anverso el cartel publicitario de la película, y en el reverso, que se entrega a la sala de proyección en blanco para su impresión: “Cine Coliseo España Domingo 21 de febrero de 1965 en funciones de 6, 8 y 10:30 de la noche estreno de la grandiosa película: Solo ante el peligro.  Hoy, seguro que al curiosear en alguna caja de zapatos olvidada en un estante o entre las páginas de libros añosos, aparecerá alguno de aquellos programas, pequeñas joyas de incalculable valor sentimental.
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Viejo Cine Coliseo España, hoy privilegiado al revertirte en tu sustancial naturaleza nacida de los primeros años treinta. Las imágenes proyectadas sobre tu elocuente pantalla permanecen entremezcladas, tejiendo una hilera de momentos encadenados, yacentes bajo el moderno remozado de diversidad que te ha cubierto. No por ello se desliga tu impronta de la memoria de varias generaciones que descubrían en cada función, ensoñadoras realidades e imposibles ficciones, y que se miraban afectiva y emotivamente en la trama conmovedora, valerosa o hilarante, que invadía la oscuridad de tu sala; gente plural que también encubría, durante aquellas escasas horas, existencias penosas y rutinarias, bajo el señuelo de un mundo irreal y efímero que como tal desaparecía tras los últimos fotogramas de un “FIN” persistente que al desvanecerse les devolvía a su usual realidad, tras el deslumbramiento doloroso de las luces encendidas.

Francisco Coronado Molero


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